Lo único que digo es que debería haber un manual. Un manual realista, claro, uno que no caiga en el lugar común -e inútil- de recomendar que escuchemos música suave o que repitamos un mantra (¡un mantra!). Pero lo cierto es que, ni en pleno auge de la autoayuda, los nerviosos full time hemos contado con un instructivo que nos ayude a superar el temblequeo de piernas, la alteración de la voz, la transpiración de las manos y el bloqueo mental ante cualquier situación delicada, desde un discurso en público hasta una clase de baile (sí, porque a los nerviosos full time nos intranquiliza una amplia gama de situaciones).
A falta de manuales, existen consejos desinteresados de los eventuales testigos de nuestros nervios. En mis años universitarios, por ejemplo, una compañera me sugirió, antes de una charla frente al curso, que imaginara a todo el auditorio desnudo. "¡¿Cómo?!". "Y sí, porque si te los imaginás desnudos son ellos los que deberían tener vergüenza y no vos". Bastó pararme frente al aula y ver algunas de las caras para desistir del proyecto.
Otra vez, en un taller literario en el que cada uno debía leer su texto y esperar la devolución del resto, una mujer reparó en mi ansiedad y me confío su antídoto: "antes de leer, exhalá tres veces por la nariz haciendo el ruido de un estornudo". Entonces ahí estaba yo, corriendo al baño cada vez que presuntamente tocaba mi turno, porque hacer esa rareza ante al grupo podría tener peores consecuencias aún que las de blanquear los nervios. El resultado: nulo, obviamente. Más consejos inútiles: "visualizate en un paraíso" (¿llevo bronceador?); "corré en círculos para descargar tensiones" (¿se molestará mi jefe si doy vueltas alrededor de su escritorio?); "aguantá la respiración y contraé todo el cuerpo al mismo tiempo" (sí, seguramente mis entrevistados no notarán que me estoy poniendo azul).
No hay caso. No está en las farmacias ni en las librerías el remedio capaz de asistir al nervioso full time (y eso, por supuesto, nos intranquiliza aún más). Sólo queda recluirnos en esa línea con la que casi todos los instructivos terminan: "y, si todo sale mal, sonría". Que para eso no hace falta un manual.